Capítulo 25 – DD – Excarcelación [Parte 5]

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El Rey de los Campesinos, Dantalian. Rango 71.

Calendario Imperial: Año 1506, Mes 4, Día 11.

Polles, Llanuras de Bruno, Ejército de la Alianza Creciente.

 

Bruja. Hija ilegítima. Paria.

Son todo lo que tengo. Soy todo lo que tienen. Ya que un lugar donde lo único que la gente tiene eran aquellos que los rodean, un lugar que era fuerte por dentro, no había forma de que pudiese desplomarse. Igual a una llama que arde como una masa sin importar cuántas veces la destruyas, éramos uno. Al final, todo lo que necesitábamos era una pequeña pila de madera. Ah, y cierta cantidad de oscuridad.

Elizabeth. Sitri. Marbas. Todos eran obstáculos complicadísimos de tratar. Manejarlos uno a uno sería eterno. Infinito.

Por eso, quemémoslos todos a la vez.

— ¿Terminaste con los preparativos?

Era el final de la noche, antes que el amanecer pudiese acercarse por completo.

Me coloqué mi abrigo y salí de la tienda. En ese extenso espacio donde las ejecuciones estaban llevándose a cabo, Barbatos estaba de pie mientras mordía una manzana.

No solo ella…

Incluso estaba un grupo de la Facción Montañosa y de las Llanuras que habían evitado la purga… No había traidores allí. Todos eran leales a esa flama ardiente conocida como Barbatos, o a entregados a esa conocida como Paimon.

Ellos gritaron a sus unidades y las alinearon.

“Dejen de hacer escándalo, idiotas. Si se les ordenó hacer algo, háganlo. ¿Qué pasa con esas quejas? No me hagan azotarles los traseros…”.

“¿Quieren su desayunito? Está bien. Si alguien termina más lento que la Facción Montañosa, lo decapitaré y realizaré personalmente un rito ancestral, así que, si desean comer alimentos del servicio funerario, sigan lloriqueando…”.

Los soldados habían odiado moverse antes del amanecer, por lo que estaban algo lentos por aquí y por allá. Sin embargo, pude ver con mis propios ojos que sus extremidades se tornaban cada vez más rápidas. Todo procedía a buen ritmo.

Hablé:

— Su Excelencia. Mi unidad terminó sus preparativos.

— Bien –Barbatos sonrió–. Nuestro Sir Dantalian, cuyo profundo plan y elevada estratagema puede hacer que el cielo y la tierra tiemblen; reconozco lo fastidioso que eres y, de alguna manera, admito lo brillante que es tu coco. Sin embargo, los asuntos militares no son cosas que se puedan manejar fácilmente solo por usar la cabeza. Ahora marcharemos vigorosamente por una semana. Al final, ¿una porquería como tú será capaz de seguirnos sin cansarse?

Me encogí de hombros.

— Ya experimenté ese tipo de marchas tan rigurosas cuando fui a su rescate, Excelencia, aunque no resultó ser gran cosa.

— ¿Ves? ¡Ahhh, que hijo de puta tan molesto! Barbatos estalló a carcajadas.

Además de ella, Paimon se estaba cubriendo la boca con su abanico. Como esas dos Ladies Demonio tenían un cabello blanco plata puro y un rojo tan carmesí como la sangre, sus figuras se podían distinguir claramente, incluso en la noche.

En ese momento, un cuervo gritó en alguna parte y voló hacia el cielo nocturno netamente negro. Este batió sus alas sobre el área donde las antorchas del campamento militar aún llegaban.

Solté un “ah” y le hablé a Barbatos.

— Su Excelencia.

— ¿Qué quieres?

— Por favor, mate a ese cuervo.

Barbatos masticó su manzana.

— ¿Y por qué?

— Es una criatura insignificante que envió un espía.

Snap.

Barbatos golpeó con sus dedos justo en el momento en que terminé mi frase. El sonido del aire siendo dividió se volvió distante en cuestión de segundos antes de rozar el aire en el que estaba el cuervo. El ave expulsó sangre negra y cayó en ¡quién sabe dónde! En eso, Barbatos le ordenó a sus Guardias Reales.

— Búsquenlo y tráiganmelo.

Los soldados trajeron el cuerpo del cuervo y nos lo presentaron para cuando Barbatos ya había acabado su manzana y lanzado los restos. No había nada atado en las patas del cuervo.

Barbatos me miró.

— No hay nada.

Saqué una daga y le abrí la panza. Los colores azul y marrón estaban mezclados en sus entrañas. Perforé y abrí su estómago. Había algo allí dentro. Lo agarré con mis dedos y se lo mostré a ambas comandantes.

Era una nota que fue enrollada muchas veces.

— ¿Eh?

— ¡Por todos los cielos!

Barbatos y Paimon se inclinaron hacía adelante para ver la nota con el mayor interés posible plasmado en sus rostros. Era pequeña, solo tenía una línea. La caligrafía era horrenda, lo que dejaba claro que fue escrita con desesperación.

“Mes 4, Día, 11. Medianoche. La Alianza Creciente se prepara para retirarse”.

Barbatos sonrió.

— Acabamos con los traidores, y ahora nos salen espías, ¡qué bonito! El estado del ejército de esta persona debe ser digno de todo respeto. ¡Ahh! No tengo ni puta idea de qué esperanza trato de disfrutar al ir a la guerra con estas mierdas.

— Un monarca es como el océano, Barbatos. Tienes que aceptar, indiscriminadamente, hasta las corrientes más turbias de la gente.

— ¿Así como tu vagina?

— ¿Esas son las únicas palabras que viven en tu cerebro?

— ¡Ni puta idea! ¡Carajo! ¿Qué mierda esperas que haga cuando las maldiciones salen por si sola cada vez que veo tu fea cara? O te cambias la cara o te haces responsable de mi muerte. Ah, ya sé. No puedes ¿verdad? Entonces, ¡trágate las maldiciones!

Incluso mientras Barbatos y Paimon estaban escupiendo el aire del amanecer en el corazón de la noche, las tropas comenzaron a alinearse gradualmente. El sonido del metal y pasos se abría paso en ese aire. Los estandartes que representaban a cada Lord Demonio se batían de forma ordenada. Rango 12, Sitri; Rango 13, Beleth; Rango 16, Zepar…

Paimon habló.

— Esta dama no alcanza a creer que hubiese una vez en la que hubiese fornicado contigo. ¿Con qué creencia ella te consideró alguien remotamente encantadora…?

— ¡Qué casualidad!, yo pienso lo mismo.

Un par de sirvientes le trajeron a Barbatos una botella de vino y dos copas. Esta llenó una de ellas y se la pasó a Paimon. Vino rojo. Antes de ir a una gran guerra, los Lores Demonio siempre bebían un vino que fuese tan rojo como la sangre con el fin de sustituir las formalidades.

— Bueno, hagámoslo juntas, puta de mierda.

En el centro de las tropas, los Guardias Reales de Barbatos elevaron sus estandartes. En el cielo, donde el sol aún no se asomaba, las antorchas tomaron el puesto de este y liberaron un pequeño brillo de luz, y en el lugar donde llegaba la iluminación estaba el lema que Barbatos había escrito formalmente batiéndose con el viento.

“Cultiva con mi sangre”.

Encajando con la gobernadora suprema que había declarado que presentaría las extensas llanuras a la raza demoníaca, eso era arrogante. Barbatos estaba entregándole la copa a Paimon.

Paimon bajó su abanico y suspiró. Recibió la copa e inclinó ligeramente su espalda. Luego cruzó brazos con Barbatos y—— llevó el vino a su boca. Las dos Ladies Demonio que una vez juraron vivir y morir como enemigas, habían, en ese momento, compartido una copa que significaba la renovación de su alianza de sangre.

Me preguntaba si había esperado solo este juramento. El único grupo de abanderados que seguía a Paimon elevaron sus estandartes en alto.

“Gloria”.

“Perpetuidad”.

“Eternidad”.

Haz la gloria perpetua y disfruta la eternidad.

Encajando con la gobernadora suprema que había prometido la paz eterna al continente demoníaco, ese era un lema arrogante. Una vez que Paimon y Barbatos levantaron sus estandartes, al igual que una señal de fuego es elevada y las demás llamas en una cordillera la siguen, los demás Lores Demonio elevaron sus banderas totalmente de acuerdo a sus rangos.

“Nuestra devoción es por ella…”.

“Mi ira es mayor a tu miedo…”.

“Vos preguntarás por el enemigo…”.

Todos a la vez, los soldados soltaron sus antorchas y las apagaron. La oscuridad envolvió al mundo. Aún era de noche, y como todas las llamas que iluminaban esa noche profunda se habían extinguido, todo quedó en silencio. En lo que las llamas desaparecieron, los lemas que los estandartes estaban mostrando con orgullo también quedaron a oscuras. Se extinguieron y solo sus siluetas quedaron presente.

Y luego, tras varias docenas de estandartes.

Como el mío era la última señal de fuego, era el último estandarte en batirse como un contorno. Era tarde en la noche. Ya que estaba rodeado de oscuridad, me era imposible ver las letras que tenía escritas. Pero ¿acaso importa?

Durante esta guerra, he enfrentado constantemente cosas que no puedo ver. Mientras esta guerra sea mía, el mundo me pertenecerá; y ese estandarte comandará este y ese lado de las Montañas Negras como debe ser: mi bandera. Al igual como soy capaz de deducir muchas cosas a pesar de ser incapaz de verlas, conocía las palabras que estaban allí.

“Autoridad por sangre”.

“Sangre por autoridad”.

Al igual que un fuego que arde como una sola llama aún si lo separan en varias partes.

Aun cuando Barbatos y Paimon discutían fuertemente, la expedición de la Alianza Creciente seguía. Ni siquiera era necesario decirlo ya que se habían aliado. Éramos fuertes. Y arderemos más fuerte aún.

Barbatos habló mientras tomaba un sorbo de vino:

— Un día de estos, probablemente una de nosotras muera. Paimon respondió:

— Al fin y al cabo moriremos. Esto es algo innegable.

— ¿Lo sabías? La forma en que muramos apenas ha sido determinada. Si estiras la pata será por mis manos; y si muero yo, lo haré por las tuyas. Tenemos una relación que hasta ya determinó cómo morirá la otra.

— ¿Y qué? Eso es igual a esas palabras que le dijiste a esta dama hace 500 años cuando te le confesaste.

— No, solo tenía curiosidad. Como te dije, si morimos, será por manos de la otra; y como dijiste, al fin y al cabo moriremos. Si es así, entonces piénsalo. Si soy yo quien queda viva, ¿no significaría que otro, que no eres tú, me matará? ¿Quién podría ser? –Barbatos sonrió–. Si no eres tú, me pregunto quién terminará matándome. Ni siquiera puedo imaginar que otro pendejo me mate. Es inimaginable. Incluso es impredecible. ¿Ese no sería un problema mayor para nosotras? Oye, Paimon, ¿puedes imaginarlo?

Paimon sonrió

— Deja de hablar mierdas y bébete el alcohol.

— ¿Ah? Maldita puta. No logramos entendernos.

Lentamente. Ambas Ladies Demonio vaciaron sus copas de vino.

Las Ladies Demonio lanzaron sus copas al suelo y las quebraron al mismo tiempo. Estas se rompieron en un millón de pedazos y se esparcieron. Escandalosamente. Irreversiblemente. El vino que representaba la sangre iría a sus respectivas oraciones y persistiría. Ya que las copas se hicieron añicos y habían perdido su camino de vuelta, el juramento era eterno.

— Bueno, lo que sea. Ahora…

Barbatos sacó un trozo de pergamino. Era una carta que fue enviada a Marbas. Una vez que ella la sujetó con fuerza, una onda parecida a una ventisca blanco puro estalló y redujo el papel a cenizas en un instante.

Si. Simplemente íbamos a ignorar esta carta.

Sea que Elizabeth nos persiga o Marbas nos bloquee el camino, que hagan lo que les dé la gana. Los ignoraremos y regresaremos a lo profundo de las Montañas Negras. Que nos persigan y traten de cerrarnos el paso tanto como quieran.

Lady Demonio Barbatos, la chica que siempre había vivido como la llama más feroz, sonrió.

— ¿Nos largamos a casa, perros de mierda?

Bueno… Bailemos.

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