Capítulo 24 – DD – Oscuridad [Parte 1]

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No tengo una religión.

Mi padre se burlaba de la religión. Siempre había sido un hombre que se burlaría frecuentemente de las cosas.

Para él, la religión era opio para el débil, y por ende, una fábrica que creaba personas débiles. Mi padre quería que su hogar fuese un campo de caza que criaba al fuerte. Ni siquiera permitía una brecha en su familia donde el opio pudiese plantarse.

Una vez, mi padre se sentó en la mesa y dijo:

— La moda de la religión ya pasó. Para ser precisos, en este momento, esa tendencia está en proceso de marchitarse.

Era obvio lo que mi padre quería de sus hijos. Deseaba que nos convirtiéramos en bestias que pudiesen atravesar cualquier cosa. La religión era el ganado más fácil para rasgarle la carne. Las burlas de mi padre nos fueron transmitidas fácilmente.

En ese entonces, además de nosotros, nuestras madres también se sentaban en la mesa a la hora de cenar, pero había una de ellas que era religiosa. De lo que puedo recordar, ella pertenecía a una familia que poseía tradiciones religiosas muy estrictas. Sin embargo, nunca he visto que ella replicase las burlas de mi padre.

Ella simplemente oraría sola unos 5 segundos antes de cada comida. Al hacerlo, vagamente pasaría por alto las diversas respuestas. Y mi padre terminará sonriendo amargamente antes de decir:

— Bueno, es inevitable.

En esos momentos, su tono casi sonaría como si simplemente le permitiese a su estúpido amorcito tener unos segunditos de libertad.

Ella se comportaba como una hereje con fuertes pecados. No alzaba la voz cuando memorizaba escrituras, ni se veía con otros creyentes en privado. No, ni siquiera sermoneaba a su propio hijo sobre las doctrinas religiosas. Un tributo de silencio antes de comer. 5 segundos. Se sentía como si eso fuese todo lo que había para su fe.

La vez que la vi orando fue casi por coincidencia. Hasta el sol de hoy, sigo preguntándome si eso era una oración o no. De vez en cuando, cosas trivialmente peculiares me suceden. Durante esos momentos, he tenido pensamientos trivialmente peculiares. Esta historia también es así.

Ese día, me había encerrado en el estudio. Lo había hecho ya que las madres estaban ocupadas en la sala de estar y teniendo una discusión. Era tan fuerte que el sonido de la disputa entre mamás se había filtrado por la grieta de la puerta del estudio.

“Esta es mi casa. Mia y de ese señor. ¿Cómo osan, chusmas, a poner un pie sin pensarlo…?”

“¡Si alguien tiene que largarse de aquí, entonces deberían ser ustedes!

¡Después de todo, es su culpa! ¡Toda… La de la última vez y ésta también…!”

“Por favor, si pensamos antes de hablar, entonces…”

Discusiones así ocurrían con demasiada frecuencia.

No había nada importante en ello. Sin importar cuán fuertes fuesen en ‘Yo soy la puta’ o ‘Ella es la puta’, las madres eran consistentes cuando se trataba de hacer la vista gorda en lo que a la conclusión más importante se refería; en otras palabras, el hecho es que mi padre fue el peor hijo de puta en el universo. Al final, era así cada vez que luchaban entre ellas. En esta casa, como mi padre era como una existencia inviolable, para ellas, todos, excluyéndose a sí mismas, eran unos putos.

En ese momento, alguien hubo entrado en el estudio. Era ella. Debió haber sido golpeada por alguien en los labios, pues sangraba. Poco después, algo desconcertante ocurrió. El momento en el que ella y yo tuvimos contacto visual, ella estalló en llanto.

La consolé calmadamente y le acaricié el hombro. Me pregunté cuanto tiempo pasó. Ella agarró mi mano y lloró.

— Perdona a tus madres. Perdona a tu padre. Perdónanos. Todos los días…

¡Ahh! Realmente me arrepiento de mis pecados diariamente… En serio…

Se sentía como si me hubiesen abofeteado ya que mi cabeza quedó en blanco. Ella siguió murmurando mientras mantenía su cabeza hacia abajo.

— Por favor, perdónanos. Ya que me arrepiento de mis pecados, te pido que te compadezcas de aquellos de los que no puedo arrepentirme. Perdónanos, por favor…

La persona a la que ella le rogaba perdón probablemente no era yo. No me estaba llorando a mí, sino a su Dios.

A simple vista, se sentía como si hubiese tenido éxito. Mientras su llanto viajaba a una distancia increíble mientras lloraba, casi sonaba como si estuviese allí.

¡Qué desesperada estaba su voz! Era tal que casi me engañaba. Si no hubiese derramado sus lágrimas en mí, si sus lágrimas no hubiesen manchado mi ropa, entonces habría existido la posibilidad de que yo creyese que Dios realmente había oído su llanto.

Como mucho, el único lugar donde sus lágrimas pudieron haber fluido fue mi ropa. El único lugar que estaría dispuesto a ser teñido por sus lágrimas también era mi ropa. Ahí entendí que esto era el problema de todo.

La consolé por un largo rato antes de enviarla fuera del estudio. Me senté en una silla y me sumí en mis pensamientos. ¿Quién podría perdonar los pecados de esa persona?

Ella le lloró a Dios. O quizá ella le había llorado a él toda su vida. Sin embargo, como no soy un Dios, eso ya no era toda su vida. No importa quién era. ¿Qué podría hacer alguien por ella? ¿Quién puede declarar la inocencia de un humano?

Al otro lado de la puerta, todo seguía deprimente con el sonido de la pelea.

“La última vez también, pues habíamos hecho de la forma que querías…”

“No, es porque fuiste innecesariamente persistente…”

“Por favor, si van a discutir, háganlo afuera…”

Recogí el libro que estaba leyendo antes.

Las palabras no estaban registrándose en mis ojos. Solo el sonido. Como si ese fuese el ruido de la pelea que hubo comenzado antes de yo nacer y que se mantendría así hasta incluso después de la muerte de mi padre… Siguió haciendo eco en mi cabeza.

Incluso el llanto que había sido enterrado en mi ropa hacia escasos segundos también estaba mezclado allí. El sonido de los sollozos y el de las voces se devoraban entre sí y creaban otra. Me sentí mareado. Solo hubo un par de palabras que llegaron a mi oído y pude escuchar distintamente.

“Todas ustedes”.

“No, tú”.

“Por favor”.

Eso era todo.

La melodía de Beethoven, la cual hube puesto, estaba fluyendo por todo el estudio. “De la oscuridad a la luz”, se suponía que esa era una cita de Beethoven.

No sabía cuántos intervalos había cruzado, ni cuantos tenían que ser con el fin de que mi vida se volviese una sola melodía.

Esto era de lo que simplemente no era consciente.

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